viernes, 13 de enero de 2017

La Película  EL SILENCIO en el cine CINESA ZARATAN



Película: Silence (Silencio). Dirección: Martin Scorsese. País: USA. Año: 2016. Género: Drama. Reparto: Liam Neeson, Andrew Garfield, Tadanobu Asano, Adam Driver, Ciarán Hinds. Guion: Jay Cockcs; basado en la novela “Chinmoku” (Silencio), de Shûsaku Endô. Música: Kathryn Kluge y Kim Allen Kluge. Estreno en España: 6 Enero 2017.






ACI PRENSA, 09 Ene. 17.-  La directora de Citizens for a Pro-life Society (Ciudadanos para una Sociedad Pro-Vida) y profesora de Teología en Madonna University en Michigan, escribió un exhaustivo análisis sobre el filme “Silence” (El Silencio) de Martin Scorsese, que trata sobre la persecución de misioneros católicos y sobre la crisis de fe de su protagonista en el Japón del siglo XVII.
El trailer oficial de la recién estrenada película de Martin Scorsese, Silence da la impresión de que trata sobre misioneros en Japón y de cómo los católicos sufrieron valientemente la persecución por el bien de la fe. Sin embargo, este no es el verdadero foco de esta inquietante película y los cinéfilos no deben ser atraídos hacia esa dirección.
Cualquiera que esté familiarizado con la obra cinematográfica de Scorsese sabe que se trata de un director de cine que, cuando se trata de asuntos religiosos, aportará ambigüedad y conclusiones inquietantes, y en ese sentido, Silence no decepciona. Esta película no se trata de mártires cristianos, sino de cristianos que evitan el martirio.
El filme adapta fielmente el libro ficticio y homónimo de Shusaku Endo. La historia se desarrolla en el siglo XVII, cuando los católicos sufrieron persecución bajo el shogunato Tokugawa. Dos jesuitas portugueses, los padres Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver), viajan a Japón para buscar a su mentor, el P. Ferreira (Liam Neeson), del cual se rumorea que apostató públicamente. Los jóvenes sacerdotes no pueden creer que su guía espiritual haría tal cosa, por ello están motivados a encontrar la verdad; y si Ferreira negó a Cristo, se sentirían obligados a salvar su alma.
Ellos son guiados en el país por el espiritualmente torturado japonés, Christian Kichijiro (Yosuke Kubozuka), que literalmente le confiesa a Rodrigues que es un apóstata. Cuando alguien es sospechoso de ser un cristiano, se ve obligado a pisar imágenes de Jesús o María talladas en bronce o en madera. Por esta negación de la fe generalmente se ahorra la tortura y la ejecución. Kichijiro escapó del sufrimiento al pisar una imagen, mientras que los miembros de su familia rechazaron negar a Cristo y fueron quemados vivos.
Los dos sacerdotes sirven fielmente a los católicos japoneses que se ven obligados a practicar su fe en secreto. Al ser privados de los sacramentos, se alegran de tener sacerdotes que les proporcionen alimento espiritual.
Sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que las autoridades descubran este nido de creyentes ocultos y seleccionen a cuatro para ser ejecutados. Es aquí, apenas a mitad de camino de la película, que Silence termina su narrativa sobre los mártires heroicos y se convierte en una película que explora el silencio de Dios en medio del sufrimiento, tal como lo experimenta su personaje principal Rodrigues.
Este no solo perturba a Garupe, sino también al público, cuando impulsa vigorosamente a los cristianos japoneses a "pisotear" el fumie (ndt. imagen de Cristo). ¿Cuál es la fuente de tal consejo? Para el idealista Rodrigues la práctica de la fe en una tierra extraña y en terribles condiciones suscitó en él interrogantes y confusiones respecto a la presencia de Dios. Comenzó a luchar con el aparente "silencio" de Dios. Es una debilidad de la película que exista poco desarrollo del carácter con respecto a esta crisis de fe.
La película es impulsada por el drama de los cristianos católicos: si van a defender su fe y enfrentar muertes terribles (de hecho es increíble el ingenio puesto sobre la tortura humana) o si pisotean a Cristo y escapan del terror.
En el corazón de este drama está la tensión creada por la propia lucha de Rodrigues para permanecer fiel aun mientras él, paradójicamente, insta e incluso reza para que otros nieguen a Cristo y sean perdonados. Más tarde, él incluso exhorta inútilmente al P. Garupe y a los católicos con quienes fue detenido, a apostatar.
Silence se centra en la apostasía como medio para evitar el sufrimiento. Rodrigues lo promueve varias veces en la película, pero solo cuando está en juego el sufrimiento de los demás. Curiosamente, mientras este camino es impulsado por otros, Rodrigues desea permanecer firme. Al inicio del filme narra que está enamorado del rostro de su Señor y por ello no podría pisotear su imagen.
Finalmente Rodrigues también es capturado con un pequeño grupo de compañeros católicos. Siendo prisionero las autoridades deciden que el mentor perdido, Ferreira, lo visite. Rodrigues se horroriza al oír de los mismos labios de su maestro que efectivamente apostató; los rumores eran ciertos.
Ferreira ahora vivía cómodamente como pupilo del estado, casado y con hijos. Practicaba el budismo y escribía de libros para el gobierno que desprestigiaban el cristianismo. Aquí es donde entra en juego otro nivel de ambigüedad propia de Scorsese. Ferreira le dice a Rodrigues que no hay verdaderos conversos japoneses. Más bien, todos los llamados cristianos japoneses nunca tuvieron realmente la fe; no creían en Jesús como Hijo de Dios, sin embargo creían que el verdadero "Hijo" era el orberojo que se levanta por la mañana.
Decía que solo eran un puñado de paganos, que cuando eran martirizados no morían por la fe en absoluto. No está claro si este discurso es entendido por el cineasta como una evaluación real del catolicismo japonés o si Ferreira simplemente está tratando de desmoralizar a su ex alumno. Si es lo primero, entonces ciertamente no hay cristianismo auténtico en Japón, los martirios son huecos y el espectador se ve obligado a lidiar con esta posibilidad. En cualquier caso, el ex mentor de Rodrigues se convenció al menos de que esto es cierto.
Rodrigues hace una buena pelea ante Ferreira, ante los representantes del Inquisidor e incluso el Gran Inquisidor mismo. Él es su trofeo. Golpee al pastor del rebaño y las ovejas se dispersarán, pero el medio de golpear al líder es golpear a las ovejas. Cuanto más se sostiene, más torturan a otros y en este conflicto Rodrigues experimenta el silencio de Dios como abandono.
En el clímax de la película, los cristianos japoneses son torturados horriblemente y Rodrigues se ve obligado a mirar. Si solo pisara el fumie colocado en el suelo, la tortura terminaría. Ferreira lo está instando, como Rodrigues mismo había instado a otros, a pisar el rostro de Jesús. Y, por supuesto, la apostasía, como en todos los demás casos, está relacionada con poner fin al sufrimiento humano. Es esta escena que hace de la película Scorsese un fracaso teológico.
Ferreira es el personaje de Judas, pero no está muy claro si este Judas funciona negativamente o positivamente. ¿Es este un Judas que trabaja contra Cristo? ¿Es este un Judas, como el del texto gnóstico ‘El Evangelio de Judas’ que en realidad ayuda a Jesús a cumplir su misión? Ferreira le dice a Rodrigues: "Si Cristo estuviera aquí, él apostataría por ellos" y "renunciar a tu fe es el acto más doloroso de amor". Entonces se oye la voz de Jesús desde la placa de bronce de Cristo crucificado que le dice a Rodríguez: ‘¡Pisame! Llevé esta cruz por tu dolor’. Con el permiso de Cristo, Rodrigues niega a su Señor. La apostasía, esta vez suya, detiene el sufrimiento de los demás, y los cristianos no son martirizados.
Este es el aspecto más preocupante de Silence. Jesús da permiso para traicionarlo, da a los cristianos permiso para fracasar en su testimonio. Haría una gran diferencia si la película tiene la intención que se trate de la voz de Cristo dirigida Rodrigues o si la voz es solo algo que Rodrigues creó en su propia cabeza. En opinión de esta revisora, Scorsese pretende que esta sea la voz de Cristo que despeja el camino hacia el fracaso.
 En primer lugar, técnicamente hablando, es un sonido que proviene fuera de Rodrigues, que emana de la imagen hacia él. La voz no se presenta como algo que viene del interior de la conciencia de Rodrigues.
¿Por qué Scorsese, basado en Endo, nos da un Cristo que provee a sus seguidores permiso para fracasar? Puesto que Rodrigues recomienda la apostasía solo para evitar el sufrimiento, se podría concluir que el sufrimiento triunfa sobre la fe, que para el bien de evitar el dolor horrible, la negación de Cristo es justificada, ya que es Jesús quien lleva esta cruz por tu dolor. La ética es contraria a la fe cristiana y la moral, es decir, hacer el mal por el bien.
También se podría concluir que este Jesús es una teología en la cual su sufrimiento no tiene ningún valor. Los seres humanos, debido a su naturaleza pecaminosa inherente, fracasarán inevitablemente, a pesar de todos los objetivos elevados y las expectativas personales; y al final, todo lo que importa es la presencia silenciosa de Dios para aquellos que sufren.
Sin embargo, este es un mensaje cristiano insuficiente, especialmente cuando se considera que a los ojos de Dios el sufrimiento humano tiene valor salvífico, como decía el propio San Pablo: "Aun ahora encuentro mi gozo en el sufrimiento que soporto por vosotros. En mi propia carne lleno los sufrimientos de Cristo por causa de su cuerpo, la Iglesia".
O cuando Rodrigues pisa a Jesús, esto está destinado a ser de hecho el "acto más doloroso de amor" al rendirse de su propio ideal en aras de salvar a otros. Sin embargo, esta interpretación se debilita seriamente por el hecho de que él se vuelve miserable después y durante décadas seguirá realizando repetidos actos de apostasía.
Sin embargo, si la voz es justamente la justificación de Rodrigues para negar a Cristo, entonces es un verdadero apóstata y la película funciona como un cuento de la presencia permanente de Dios para todos los que sufren y el sufrimiento de los mártires, así como también para Rodrigues y Kichijiro, atormentados por el remordimiento y la culpa por su fracaso.
Jesús está allí silenciosamente en el sufrimiento de todos, como la "voz" de la imagen dice: "Yo llevé esta cruz por tu dolor". Y esto funciona bien cuando uno considera que Kichijiro comete apostasía una y otra vez, e incluso es un Judas que traiciona a Rodrigues ante las autoridades.
Sin embargo, siempre busca al sacerdote que confiese sus pecados para recibir la absolución. Y ciertamente la misericordia existe para aquellos que fallan. Silencio ilustra conmovedoramente este punto. De hecho, Rodrigues sigue a Ferreira, quien irónicamente terminó de guiarlo a la vida de un sacerdote apóstata. Pero mucho después de que Rodrigues abandone el sacerdocio, Kichijiro lo encuentra y le ruega que escuche su confesión, y Rodrigues vuelve a darle la absolución por la que anhela.
Excepto por Cristo diciéndole a Rodrigues que "lo pise" esta escena de perdón sería el clímax de la película, y por lo tanto Silence trataría sobre la presencia silenciosa de Dios para todos, incluso a aquellos que fracasan. Pero este posible clímax se ve abrumado por el inquietante permiso de Cristo a fracasar.
La primera escena culminante sumerge la película de Scorsese en una soteriología problemática y errónea. El final de la película intenta mostrar un cierto nivel de redención para Rodrigues quien aparentemente permaneció como cristiano en privado, pero no es lo suficientemente poderoso para superar una representación de Cristo que conduce a su fiel servidor a negarlo.
Esta película examina seriamente temas e ideas cristianas. Pero, ¿debería ser este filme necesariamente llamado una película cristiana? Yo creo que no. Una película cristiana no puede simplemente explorar, sino que debe concluir de una manera que sea consistente con el mensaje del evangelio, aunque sea poco convencional, provocativa o presentada de manera innovadora.
Debe haber el Cristo de los Evangelios que, en lugar de ordenar a sus fieles seguidores que lo pisoteen, los llama a seguirlo hasta la Cruz. El Cristo que más bien asegura a sus fieles: "De la copa que bebo de vosotros beberéis; y seréis bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado”.
Los creyentes que esperan una película que explore las ideas cristianas desde un contexto cristiano auténtico, no deberían verla. Silence tampoco debe ser visto por los jóvenes, o aquellos cuya fe no es fuerte como la teología compleja, inteligente y seductora de esta película.
Sin embargo, si usted es un cristiano maduro buscando una película finamente elaborada, bien actuada, inquietante que provoca pensamiento y debates, entonces Silence es para usted. Que empiece el debate.

ACI PRENSA, LOS ANGELES, 02 Ene.17
Mons. Robert Barron, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Los Ángeles, hace la siguiente crítica sobre el filme:
El catolicismo de Scorsese, aunque mitigado y en conflicto, inspira la mayor parte de su obra. Su filme más reciente, el tan esperado Silence, basado en la novela homónima de Shusaku Endo, es una adición digna a su filmografía. Al igual que muchas de sus otras películas, está marcada por una magnífica cinematografía, excelentes actuaciones tanto de actores principales como de actores secundarios, una narrativa apasionante y suficiente complejidad temática para mantenerte pensando en el futuro previsible.
La historia se desarrolla a mediados del siglo XVII en Japón, donde está en marcha una feroz persecución contra la fe católica. A este peligroso país llegan dos jóvenes sacerdotes jesuitas (interpretados por Adam Driver y Andrew Garfield), descendientes espirituales de San Francisco Javier que son enviados a encontrar al P. Ferreira, su mentor y profesor de seminario que, según los rumores, había apostatado bajo tortura y, en realidad, había pasado al otro lado.
Inmediatamente al llegar a tierra, son recibidos por un pequeño grupo de cristianos japoneses que habían mantenido su fe bajo tierra durante muchos años. Debido al peligro extremo, los jóvenes sacerdotes se ven obligados a esconderse durante el día, pero pueden participar en el ministerio clandestino por la noche: bautizando, catequizando, confesando, celebrando la Misa. Sin embargo, en poco tiempo las autoridades se dieron cuenta de su presencia y empezaron a sospechar de los cristianos locales, a quienes rodearon y torturaron con la esperanza de atraer a la luz a los sacerdotes.
La escena más memorable de la película, al menos para mí, fue la crucifixión en el mar de cuatro de estos valientes creyentes laicos, quienes atados a unas cruces en la orilla, son golpeados por la marea hasta ahogarse en el transcurso de varios días.
Posteriormente, sus cuerpos se colocan en piras de paja y son quemados hasta convertirse en cenizas, apareciendo para todo el mundo como holocaustos ofrecidos al Señor. Con el tiempo, los sacerdotes son capturados y sometidos a una forma única y terrible de tortura psicológica.
La película se centra en las luchas del P. Rodrigues. Como cristianos japoneses, hombres y mujeres que habían arriesgado sus vidas para protegerlo, son torturados en su presencia y se le invita a renunciar a su fe para poner fin al tormento. Con tan solo pisotear una imagen cristiana, realizar un mero signo externo o una formalidad vacía, liberaría a sus colegas del dolor, pero como buen guerrero, se niega.
Incluso cuando un cristiano japonés es decapitado, no se rinde. Finalmente, y es la escena más devastadora en la película, es llevado ante el P. Ferreira, el mentor que había estado buscando desde su llegada a Japón.
Todos los rumores eran ciertos: este antiguo maestro de la vida cristiana, este héroe jesuita, renunció a su fe, tomó una esposa japonesa y vivía como una especie de filósofo bajo la protección del Estado.
Utilizando una variedad de argumentos, el sacerdote en desgracia trata de convencer a su ex alumno de que abandone la misión de evangelizar en Japón, país que denominó como un "pantano" donde la semilla del cristianismo nunca puede arraigar.
Al día siguiente ante la presencia de cristianos terriblemente torturados, colgados al revés dentro de un pozo lleno de excrementos, se le da nuevamente la oportunidad de pisar una representación del rostro de Cristo.
En el apogeo de su angustia, resistiendo desde el fondo de su corazón, Rodrigues oye lo que él cree que es la voz de Jesús mismo, y finalmente rompe el silencio divino diciéndole que pisotee la imagen. Cuando lo hace, un gallo canta a la distancia.
A raíz de su apostasía, sigue las huellas de Ferreira y se vuelve un pupilo del Estado, un filósofo bien alimentado y bien provisto, a los que regularmente se les llama a pisar una imagen cristiana y renunciar formalmente a su fe. Luego, toma un nombre japonés, una esposa japonesa y vive por muchos años en Japón hasta el día su muerte a la edad de 64, recibiendo un entierro en una ceremonia budista.
¿Qué debemos hacer ante esta historia extraña e inquietante? Como cualquier gran película o novela, Silence obviamente resiste una interpretación unívoca o unilateral. De hecho, casi todos los comentarios que he leído, especialmente de gente religiosa, enfatizan cómo Silence trae maravillosamente la compleja, acodada y ambigua naturaleza de la fe.
Reconociendo plenamente la profunda verdad psicológica y espiritual de esa afirmación, me pregunto si podría añadir una voz algo disidente a la conversación. Me gustaría proponer una comparación, totalmente justificada por los instintos de un soldado llamado Ignacio de Loyola, que fundó la orden jesuita a la que pertenecían todos los misioneros de Silence.
Supongamos que un pequeño equipo de operaciones especiales americanas altamente entrenadas es colocado detrás de las líneas enemigas para una misión peligrosa.
Supongamos, además, que fueron ayudados por civiles leales en el terreno, quienes finalmente son capturados y demuestran estar dispuestos a morir antes que traicionar la misión.
Supongamos, finalmente, que las propias tropas son finalmente detenidas y, bajo tortura, renuncian a su lealtad a los Estados Unidos, se unen a sus oponentes y viven una vida cómoda bajo los auspicios de sus antiguos enemigos. ¿Estaría alguien ansioso de celebrar las complejas capas y la rica ambigüedad de su patriotismo? ¿No los veríamos directamente como cobardes y traidores?
Mi preocupación es que toda la tensión en la complejidad, multivalencia y ambigüedad está al servicio de la élite cultural de hoy, que no es tan diferente de la élite cultural japonesa representada en la película.
Lo que quiero decir es que el establishment secular siempre prefiere a los cristianos vacilantes, inseguros, divididos y ansiosos por privatizar su religión. Y está demasiado dispuesto a desechar a las personas apasionadamente religiosas tildándolas de peligrosas, violentas, y seamos realistas, no tan brillantes.
Revisa el discurso de Ferreira a Rodrigues sobre el supuesto cristianismo simplista del laicado japonés si dudas de mí en este punto. Me pregunto si Shusaku Endo (y quizás Scorsese) nos estaba invitando a apartar la mirada de los sacerdotes y redirigirla a ese maravilloso grupo de piadosos, dedicados y pacifistas laicos que mantuvieron viva la fe cristiana bajo las condiciones más inhóspitas imaginables, y que en el momento decisivo, presenciaron a Cristo con sus vidas.
Mientras que los especialmente entrenados Ferreira y Rodrigues se convirtieron en lacayos pagados de un gobierno tiránico, simples personas que seguían siendo una espina en el lado de la tiranía.
Lo sé, lo sé. Scorsese muestra el cadáver de Rodrigues dentro de su ataúd sosteniendo un pequeño crucifijo, lo que prueba, supongo, que el sacerdote permaneció en cierto sentido cristiano.
Pero otra vez, esa es justamente la clase de cristianismo que la cultura reinante tiene gusto: totalmente privatizado, escondido, inofensivo. Así que bien, tal vez un medio trago para Rodrigues, pero tres tragos con los vasos llenos por los mártires crucificados en la playa.

Personalmente la película me produjo un gran desasosiego. Te deja absolutamente noqueado. Considero que es una película que va a crear mucha confusión y no seria recomendable para personas sin una fe madura. El silencio de Dios se nos da todos los días ante cualquier revés de la vida. Hay personas que se revelan y no lo entienden, pero es asi. Recurdo aquello que se contaba de uno que le se quejaba a Dios de no haberle socorrido cuando le llamo muchas veces y Dios le contesto que si recordaba las huellas de pasos detrás suya , pues eran las mias. Tendría que volver a verla para profundizar en detalles y en conversaciones.


EL MISTERIO DE UN DIOS SILENCIOSO por Jose Maria Rodríguez Olaizola SJ. Publicado en Facebook el 12 de Enero de 2017.
¿Por qué, si Dios es bueno, permite el sufrimiento de sus hijos? ¿Por qué calla? ¿Por qué no se hace más visible? ¿Por qué ante la duda no se manifiesta? ¿Por qué la única respuesta a nuestras plegarias es su silencio? ¿Por qué un Dios omnipotente no es un Dios evidente? Estas preguntas no son nuevas. Son universales. Hombres y mujeres de todas las épocas y culturas se enfrentan, en algún momento, con la dureza del silencio de Dios y con las afiladas aristas de estos interrogantes. Nos muerden. Nos descolocan. Son el punto sin retorno de la fe. Son el lugar en el que se estrella nuestra duda, y donde naufragan nuestras certezas.
Caben dos respuestas:
1) No habla porque no está. No existe. Es tan solo un anhelo, una búsqueda desesperada de sentido, de seguridad, de un horizonte que nos permita creer que la vida es algo más que esto de ahora. Pero por más que nos empeñemos nunca lo oiremos porque no existe. La vida solo es esto. Nosotros, nuestra inteligencia, nuestra creatividad, nuestra capacidad de amar y de odiar, de hacer el bien y de herir, somos tan solo fruto de la casualidad, de una improbable evolución que, sin embargo, ocurrió. Y aquí estamos, fantaseando sobre un creador que nos quiere, que da sentido a nuestra vida y que hasta nos hace creer que tras la muerte hay algo más; porque nos da miedo sentirnos solos y abocados a la desaparición.
2) Dios habita en el silencio. O es silencio tanto como palabra. Su capacidad creadora, su intención volcada en nosotros; su deseo de encuentro; su vaciarse en unos seres que estaríamos creados a su imagen y semejanza… Todo ello pasa por una libertad que da vértigo. Un Dios que impusiese su verdad, su evidencia, su poder, no sería un Padre, sino un dueño. No estaríamos creados a su imagen, sino como pobres marionetas obligadas a obedecer a su voz. El silencio es el precio de la libertad y de nuestra necesidad de conquistar lo que, juntos, podemos llegar a ser. La fe cristiana da un paso más y ha reconocido que si, de alguna manera, podemos intuir una palabra de Dios, no será rompiendo lo que somos, sino en nuestra historia, en nuestro lenguaje, en nuestra humanidad, palabra encarnada o palabra inspirada.
He ahí el dilema. ¿El silencio es ausencia o es reto? ¿Es negación o es llamada? ¿Es vacío o es el camino? Ante ese dilema, en esa encrucijada, hay un punto de dolorosa incertidumbre al elegir. Porque negar a Dios deja muchas preguntas abiertas, sobre el origen, el sentido, la posible finalidad de lo que somos. Pero afirmarlo no resuelve muchas otras.
Esta es la angustia, la desolación, la incertidumbre y la pregunta del Padre Rodrigues, enfrentado al silencio de Dios ante el sufrimiento de un pueblo golpeado. Un Dios que sigue callado en Siria, en el Mediterráneo, en los infiernos de la droga, en los burdeles de Tailandia, en los hogares donde hay malos tratos. ¿O acaso su Palabra ya está dicha?.

¿Qué significado tiene un gesto que no es libre? ¿Qué valor tiene la negación cuando es obtenida por la fuerza, con amenazas, o como precio para salvar a otros del sufrimiento? Otro de los terribles dilemas que se plantea en “Silencio” es ese: ¿Qué es más cristiano? ¿Afirmar la fe, caiga quien caiga, o negarla y aliviar la tortura, propia, o de otros? En “Silencio” aparecen todas las respuestas. El mártir que da la vida. El que apostata. El que niega y se arrepiente una y otra vez. El que lo justifica. El que se resiste. Y hasta el enigma de no saber qué pasa en el interior de las personas que han pasado por una situación así.
Pienso que el dilema sobre lo que debe hacerse en esta situación es “teórico”. Por teórico no quiero decir irreal ni falso. Lo único que quiero decir es que solo podemos reflexionar y discutir sobre lo que creemos que debería hacerse en una situación así. Porque a la hora de la verdad, pienso que ninguno, ni los más convencidos o firmes, ni los más inseguros, sabemos cómo reaccionaríamos ante una situación de tortura, un chantaje existencial o afectivo tan límite como el que ha de afrontar el padre Rodrigues (apostatar para evitarle el sufrimiento a otros, o mantenerse firme y aceptar las consecuencias).
Ninguno podemos prever con una seguridad del 100% cómo reaccionaríamos. Tal vez podemos intuir cómo querríamos comportarnos. Pero puede que a la hora de la verdad, el más soberbio de los hombres sea el más vulnerable (algo de eso afirma uno de los torturadores en “Silencio” al decir, tras interrogar al padre Rodrigues, “es arrogante, así que se rendirá”). Y quizás el que podría creerse más débil puede encontrar, en una encrucijada, unas fuerzas, una resistencia o una dignidad que ni imaginaba tener. La realidad va mucho más allá de nuestras teorías.
Entonces, dicho esto, lo que sí brota, tras ver silencio, es la discusión teórica. “¿Tú qué harías?” “¿Tú qué crees que habría que hacer?”. Seguro que más de un grupo de amigos nos hemos enzarzado en ese diálogo tras salir de la película.
Por una parte, quien afirma que habría que resistir, y negarse a apostatar, lo hace con el argumento de la libertad radical del ser humano, una libertad que ha de ser también libertad religiosa, para creer y vivir de acuerdo con esa fe. Y con el argumento del testimonio y su influencia en otras personas. ¿Qué van a pensar los cristianos de las villas de Japón si sus sacerdotes, que les han hablado de Cristo crucificado, sin embargo no son capaces de afrontar su propia cruz? Este dilema se plantea con claridad en la película. (y sigue planteándose hoy en muchos contextos a los cristianos perseguidos).
En el otro extremo, está quien defiende que no habría que empeñarse en esa resistencia, dado que es evidente la coerción –y por tanto, la falsedad- de cualquier declaración obtenida por la fuerza. Y, en el caso de “Silencio”, con el agravante de la tortura a terceros como consecuencia de dicha resistencia. ¿Es legítimo argumentar desde ahí? ¿No es puro utilitarismo? .


Publicado en L'Osservatore Romano el 11 Enero de 2017 por  Juan Manuel De Prada
En 1988, Martin Scorsese leyó con admiración y sobrecogimiento Silencio, una novela del escritor católico japonés Shūsaku Endō (1923-1996). En seguida supo que algún día tendría que hacer con ella una adaptación cinematográfica, que sin embargo se dilataría durante tres décadas, por diversos problemas financieros y artísticos. Silencio se trata, en su aparente sencillez y despojamiento, de una obra extraordinariamente compleja, no exenta de similitudes con El poder y la gloria, de Graham Greene. Publicada en 1966, se convertiría pronto en epicentro de una agitada controversia, por tratar el espinoso asunto de la persecución sufrida por los cristianos nipones desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII, con hitos tan dramáticos como la expulsión de todos los misioneros (1614) o la llamada Rebelión Shimabara (1637-38), que tras ser salvajemente sofocada daría lugar al “período Sakoku”, en el que el culto cristiano fue por completo prohibido. Sobre este desgarrador telón de fondo traza Endō la peripecia de Silencio, que recrea libremente la historia del jesuita portugués Cristóvão Ferreira (1580-1650), quien llegara a ser provincial en el Japón y a sufrir terribles torturas durante la época de persecución más sangrienta, antes de apostatar y adoptar el nombre de Sawano Chuan. La figura de Ferreira se convierte –a imitación del Kurtz de Joseph Conrad-- en el corazón tenebroso de la novela de Endō, en la que se narra la odisea de dos jóvenes jesuitas, los padres Sebastião Rodrigues y Francisco Garupe, que viajan desde Macao al Japón, dispuestos a conocer la verdad sobre su superior.

Algunos detractores de Endō han juzgado que Silencio es una novela “ambigua” en términos religiosos, por postular una vivencia privada de la fe y señalar la inutilidad del martirio. Pero se trata de una lectura simplista que la propia complejidad moral y teológica de la novela desmiente. La novela de Endō nos muestra el combate de la fe en circunstancias de sufrimiento extremo, allá donde la capacidad de resistencia humana se enfrenta al silencio de Dios. Desde luego, no hallamos en ella esa moralina edulcorada que tanto gusta a cierto catolicismo emotivista, tan propenso a brindar soluciones netas y facilonas (también irreales) a las cuestiones más delicadas y desgarradoras. Silencio es una novela que –como pedía Flannery O’Connor al artista católico—se adentra en “un territorio que es en gran medida propiedad del Enemigo” y se enfrenta al problema del Mal y del sufrimiento, mostrando sin ambages las tribulaciones de la fe en medio de una persecución crudelísima. Hay pasajes en la novela de una crudeza que nos hiela la sangre en las venas, en los que Endō nos describe los tormentos a los que fueron sometidos los mártires japoneses. Y hay pasajes de una potencia espiritual y una condensación teológica sublimes, en los que se exalta la heroicidad y la grandeza del martirio. Pero también hay en la novela un esfuerzo por comprender las flaquezas de quienes claudican por falta de valor, como el personaje a la vez bufonesco y trágico de Kichijiro, un truhán que una y otra vez niega a Cristo y delata a otros cristianos, pero una y otra vez reclama y encuentra perdón en el padre Rodrigues, a quien vuelve como un perrillo sin amo. Porque Cristo, en efecto, quiso salvar también a Judas, sabiendo que en todo Judas alienta un potencial Pedro. Así lo expresa el padre Rodrigues, en un pasaje especialmente revelador de la novela: “Cristo, en la Última Cena, le dijo a Judas: ‘Sal, ve y haz lo que tengas que hacer’. Ni aun ahora que soy sacerdote he podido captar bien el sentido de esas palabras. ¿Qué sentiría Cristo al lanzar esas palabras a la cara del hombre que le iba a vender por treinta piezas de plata? ¿Las diría con ira y con odio? ¿O serían más bien palabras nacidas del amor? Si eran palabras de ira, Cristo en ese momento estaba negando la salvación a este solo hombre entre todos los hombres del mundo. Judas habría recibido de lleno el ramalazo de la ira de Cristo y no se habría salvado; y el Señor habría abandonado a su suerte a un hombre caído para siempre en el pecado. Pero eso no podía ser. Cristo trató de salvar incluso a Judas. De no ser así, no tiene sentido que lo hiciera uno de sus discípulos”.
Silencio nos enseña que la misericordia de Dios también comparte el sufrimiento de quienes reniegan de él; pues, como leemos en otro pasaje de la novela: “¿Quién puede asegurar que los débiles hayan sufrido menos que los fuertes?”. Pero sin duda el aspecto más controvertido de la novela de Endō –y de la película de Scorsese— es la solución final que adoptan los padres Ferreira y Rodrigues, que apostatan públicamente y prosiguen su labor evangelizadora en la clandestinidad. No se trata, ni mucho menos, de una vivencia privada y comodona de la fe, sino de una dolorosa renuncia a propagar en los terrados el Evangelio, a cambio de evitar el exterminio de sus hermanos. La novela de Endō, en fin, nos propone una reflexión sobre la llamada “disciplina del arcano”, que tiene un evidente fundamento evangélico: “No deis a los perros lo que es santo; no echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas y después, volviéndose, os despedacen” (Mt 7, 6). El propio San Agustín recomendaba a sus fieles que, para evitar la reacción furibunda de los paganos, ocultasen por prudencia sus creencias. Dios no quiere que rehuyamos el martirio; pero mucho menos quiere que nos arrojemos al martirio insensatamente, o que nuestra insensatez arroje al martirio a nuestros hermanos. Por supuesto, esta disciplina del arcano puede ser la coartada perfecta para los cobardes que callan y otorgan, deseosos de obtener las recompensas que ofrece el mundo, mientras los valientes son sacrificados; pero esta no es la tesis que se defiende en Silencio, donde en todo momento se nos presenta la fingida apostasía de los protagonistas como un trágico acto de amor a sus feligreses.
Antes de que Scorsese adaptara para la gran pantalla Silencio ya lo había hecho Masahiro Shinoda en Chinmoku (1971), una obra de grandes cualidades fílmicas que, sin embargo, desvirtúa por completo el sentido de la novela, al pretender que el padre Rodrigues, tras apostatar, se deja arrastrar por la desesperación (como se deduce de una desafortunadísima secuencia final). La versión de Scorsese, por el contrario, es escrupulosamente fiel al original, tanto en la forma como en el fondo. Para traducir en imágenes el despojamiento de la prosa de Endō, Scorsese ha renunciado casi por completo al acompañamiento musical (lo que puede hacer un tanto árida la película para el espectador medio) y elegido un tempo pausado (incluso muy pausado, para los usos frenéticos del seudocine actual), así como un recurso discutible, pero extraordinariamente eficaz, que consiste en contar la historia renunciando a truculencias y efectismos, incluso adoptando una mirada que se finge neutral y que, en algunos momentos (por ejemplo, en la secuencia de la muerte del padre Garupe) puede resultarnos fría o distanciada. No creemos que lo sea en modo alguno; y mucho menos que tal aparente frialdad pueda interpretarse como un distanciamiento respecto al sufrimiento de los mártires: la hermosísima y terrible secuencia en la que se nos muestra la lenta muerte de los cristianos que han sido crucificados a la orilla del mar, para que la marea alta los ahogue lentamente, no deja sombra duda de la postura reverencial del director. Pero, sin duda, aún resulta más admirable el escrupuloso respeto que Scorsese muestra por el argumento y las intenciones de Endō, sin hacer ninguna concesión al espíritu incrédulo de nuestra época. Así, por ejemplo, el padre Rodrigues (magníficamente interpretado por Andrew Garfield, que encarna a la perfección la mezcla de ardor religioso y fragilidad del personaje de Endō) escucha, nítida y resonantemente, la voz de Cristo (no la voz de su conciencia) cuando finalmente decide pisar el fumie que se le ofrece, para salvar la vida de otros cristianos: “Písame… Yo he venido al mundo para que vosotros me piséis, he cargado con la cruz para compartir vuestro dolor”.
Scorsese, en fin, refleja fidelísimamente la intención de Endō en el tramo final de la película, donde la voz narradora (que hasta entonces ha monopolizado el padre Rodrigues) adopta en la novela un tono notarial y algo críptico, para insinuarnos que el protagonista ha seguido evangelizando en secreto a los vigilantes que se encargan de su custodia. Scorsese añade explicitud a lo que Endō apenas insinúa: nos permite ver sin ambages cómo Ferreira hace la vista gorda ante la introducción en el Japón de objetos cuya significación católica pasa inadvertida a las autoridades; nos permite ver sin ambigüedades cómo Rodrigues escucha en confesión a Kichijiro, su delator, y le perdona los pecados; y, en fin, nos brinda un arrebatador plano final que –naturalmente—no desvelaremos, en el que se nos confirma del modo más elocuente que Cristo nunca ha abandonado al protagonista, y que el protagonista no ha cesado de predicar el Evangelio entre las personas que lo han acompañado.
Silencio es la elocuente película de un artista descomunal y un católico que, como Flannery O’Connor, no vacila en adentrarse en territorio enemigo para medirse con los demonios que asaltan a dentelladas la fe. Y, adentrándose en ese territorio, logra remover nuestra fe fofa o mortecina y nos permite escuchar la voz amorosa de Cristo, resonando como un hosanna eterno en nuestro interior, compartiendo nuestro dolor y perdonando a cada instante nuestras flaquezas y desfallecimientos.


Como se puede ver hay opiniones para todos los gustos. Gracias a Dios somos libres y la libertad de pensamiento se palpa en estos escritos.




martes, 10 de enero de 2017

La película  FRANTZ  en el cine Manhattan


Año: 2016
Título original: Frantz
País: Francia
Dirigida por :François Ozon ('En la casa', 'Joven y bonita')
Protagonizada por : Pierre Niney ('El hombre perfecto') y Paula Beer ('Cuatro reyes').
Duración: 113 minutos
Género: Drama, Thriller
Sinopsis: Acaba de terminar la Primera Guerra Mundial, Europa queda dividida y surgen odios y crispaciones. En una pequeña ciudad alemana, la joven Anna va todos los días a llorar sobre la tumba de Frantz, su prometido, que fue asesinado en Francia durante la guerra. Durante una de las jornadas en las que Anna visita la tumba de su enamorado, se encuentra con un misterioso hombre francés dejando flores bajo la lápida del difunto. El joven, de nombre Adrien, comenta que conoció a Frantz durante la guerra y que había sido íntimo amigo suyo. La presencia de Adrien desatará reacciones completamente imprevisibles en el lugar, un francés no está bien visto en la derrotada Alemania del período de entreguerras, y menos cuando el joven Adrien ha viajado hasta Alemania guardando un secreto en torno a Frantz.

Nos encanto la película, tanto por la forma de llevarla , por la buenísima interpretación y por el tema .
Para que nadie se lleve una decepción la película es en blanco y negro y en francés con subtitulos.

martes, 3 de enero de 2017

LA MANCHA HUMANA de Philip Roth (1933). Tercer libro de la saga La Trilogía Americana.
Me decidí a leerla por una referencia en la prensa de como un libelo podía machacar a una persona. La novela comienza con un libelo que le levantan a un profesor por lo "políticamente incorrecto de la frase", quera:
"Puesto que en la quinta semana del semestre aún había dos nombres a los que nadie respondía, a la sexta semana Coleman preguntó al inicio de la clase: -¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?" .pero resulta que:"Es llamado por el nuevo decano de la facultad, para comunicarle la acusación de racismo efectuada contra él por uno de los dos alumnos que no asistían a clase, el cual resultó ser de raza negra y, pese a estar ausente, se había enterado enseguida de la expresión con la que el profesor había planteado públicamente el problema de su ausencia".
La novela comienza con esta cuestión, pero luego se desata una segunda historia, que el tal profesor era realmente negro aunque de apariencia blanco. El desarrollo es interesante aunque un poco lento.
Una idea planteada y digna de observación: " Hoy el alumno hace valer su incapacidad como un privilegio. Si no puedo aprender una cosa es porque hay algo erróneo en ella, y especialmente en el mal profesor que quiere enseñarla"

Me acabo de enterar que esta novela ha sido llevada al cine. La película puede ser muy interesante.


Título original: The human stain, editada en 2000  Traducción de Jordi Fibla


lunes, 2 de enero de 2017





El desconcierto de las élites

         Están pasando cosas imprevistas, también para quienes en principio disponen de los mejores instrumentos para conocer la sociedad y anticipar su posible evolución: resultados electorales desconcertantes, pérdida de referendos contra todo pronóstico, avance de fuerzas políticas reaccionarias… El pabellón de los desconcertados está formado por gente de variada procedencia, tanto de derechas como de izquierdas, los conservadores clásicos y los pijos progresistas, el Partido Republicano americano y los Clinton, los socialdemócratas y los democristianos europeos… En tiempos de fragmentación, lo único transversal es el desconcierto, aunque a la derecha le suele durar menos. Por lo general, los conservadores se llevan mejor con la incertidumbre y no tienen demasiadas pretensiones de formular una teoría de la sociedad, mientras las cosas funcionen. La izquierda suele sufrir más con la falta de claridad y tarda mucho tiempo en comprender por qué los trabajadores votan a la extrema derecha. De ahí el amplio debate acerca de qué debe hacer la izquierda (los liberales, los demócratas, los socialistas o los progresistas) para recuperar alguna capacidad estratégica en medio de una situación que ni comprende ni, por supuesto, controla. De todas maneras, puede que la distinción entre la derecha y la izquierda sea menos relevante que la diferencia entre quienes lo han entendido (Trump y Sanders) y quienes no han entendido nada (los demócratas y los republicanos clásicos).



¿Cómo se explica este desconcierto? Mi hipótesis es que tiene su origen en la fragmentación de nuestras sociedades. Vivimos en comunidades atravesadas por fracturas múltiples, en Estados Unidos concretamente, entre las ciudades de la costa y el interior del país, entre la población blanca y las minorías, la ética protestante del trabajo y una cultura de la abundancia y la diversión… Al mismo tiempo, los medios, los tradicionales y las redes sociales, han acelerado esta fragmentación de las identidades culturales y políticas; especialmente las redes sociales permiten la creación de comunidades abstractas y homogéneas en unos enclaves de opinión donde se refleja la autosegregación psíquica de las comunidades ideológicas.


El pabellón de los desconcertados está formado por gente variada, desde conservadores clásicos hasta pijos progresistas

Una de las consecuencias de esta ruptura es la incapacidad de entenderse unos a otros, no solamente desde el punto de vista de compartir objetivos comunes, sino también desde el meramente cognitivo: hacerse cargo de lo que les pasa a los otros, de las razones de su malestar, antes de denigrar el hecho de que no tengan soluciones verdaderas a ese malestar o se dejen seducir por ofertas políticas que no representan ninguna solución. Por un lado, ese grupo de americanos blancos, mayores, salidos de las clases medias superiores y movidos por un espíritu de resentimiento racial contra la América de las minorías que Barack Obama encarnaba, que se sienten irritados con la inmigración y el comercio internacional. Por otro, la secesión de una minoría civilizada que se distancia de las pulsiones populistas no tanto porque tiene una idea superior de democracia como porque no sufre las amenazas de precariedad a los más golpeados por la crisis ni comprende los temores de los de abajo. Las élites dirigentes no están entendiendo bien lo que ocurre en el seno de nuestras sociedades, probablemente porque ellos se encuentran en unos entornos cerrados que les impiden entender otras situaciones. No hay experiencias compartidas ni visión de conjunto; tan solo la comodidad privada, de una parte, y el sufrimiento invisible, de la otra. Quienes se han turnado en la dirección de los asuntos públicos no han entendido lo corrosivo que está resultando para la democracia una persistente desigualdad y la diferencia de oportunidades. Las múltiples convulsiones experimentadas por la sociedad americana (con sus equivalentes en otros lugares del mundo), desde el Tea Party hasta Trump o, en el extremo contrario, los movimientos Occupy Wall Street y el éxito ines­perado de Bernie Sanders, son los síntomas de una desafección de los americanos por una modernidad forzada, mientras que la élite y su formidable aparato de propaganda repite una y otra vez que no hay otro horizonte posible.


El desconcierto en el que vivimos tiene su origen en la fragmentación de las sociedades

Las élites argumentan que ciertas reacciones no son razonables ni ofrecen las soluciones adecuadas, y es cierto, pero eso no les exime de la responsabilidad de indagar en las causas de ese malestar y pensar que tal vez estén haciendo algo mal. Insistir en que la política es representativa, que la globalización ofrece muchas oportunidades y el racismo es malo, es algo que solo vale para tener razón, pero no sirve para hacerse cargo de por qué resulta tan irritante el elitismo político, qué dimensiones de la globalización representan una amenaza real para mucha gente y qué aspectos del conflicto multicultural deben resolverse con algo más que buenas intenciones.


Las soluciones al desconcierto actual solo se solucionaría con el entendimiento común, compartiendo experiencias y sentimientos

El problema es que tampoco la gente es necesariamente más sabia que sus representantes, por lo que esa fórmula de elitismo invertido que es el populismo no soluciona nada. El problema de fondo es la falta de mundo común. Las soluciones solo se alumbrarán compartiendo experiencias, es decir, emociones y razones; si, en vez de seguir enfrentando las razones de los de arriba con las pulsiones de los de abajo, aquellos interpretan adecuadamente las irritaciones de estos, condición indispensable para que los irritados puedan confiar en las intenciones y capacidades de quienes les representan.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y profesor invitado en la Universidad de Georgetown. Su último libro es ‘La política en tiempos de indignación’.
Publicado en EL PAIS del 2 de Enero de 2017.

sábado, 3 de diciembre de 2016


LA ORDEN de Tim Willocks, autor británico nacido en 1957, alterna la literatura con el ejercicio de la siquiatria.
Novela con tinte histórica muy entretenida de leer, bien documentado y bien escrita.
La única critica que le voy ha hacer es que el titulo original "La Religión" esta muy mal interpretado. Pretende llamar La Religión a la Orden de los Caballeros Hospitalarios de Malta, lo cual es falso. La palabra Religión tiene mucha mas connotación.
Anotaciones de interés:
-Malta, 1565. La Orden de los Caballeros de San Juan, también conocida como la Orden, obtiene de Carlos V la cesión de la isla de Malta.
-Desde 1521 , Suleimán (que pese a sus muchos logros colocaba su sagrado deber de conquistar el mundo para el islam en el centro de su política) había tomado Belgrado, Buda, Bagdad y Tabriz. Había aplastado Hungría, Siria, Egipto, Irán, Iraq, Transilvania y los Balcanes. Veinticinco islas venecianas y todos los puertos del norte de África se habían rendido a sus corsarios. Sus buques de guerra habían vencido a la Liga Santa en Preveza. Sólo el invierno lo había hecho retroceder ante las puertas de Viena. Nadie dudaba del éxito de la última yihad de Suleimán en Malta.
-Si no combatimos a los sarracenos en Malta, llegará el día en que tengamos que combatirlos en París, porque la conquista del mundo es su plan principal.
-La única imperfección era la conciencia de su propio olor antes indistinguible-, una mezcla de taberna, puerto, sudor de los juegos eróticos de la noche anterior. Probablemente no tenía importancia, porque los cristianos eran un pueblo sucio, aquejado de un miedo morboso al agua, pero en cualquier caso sentía haberse perdido el baño. Su afición a sumergirse en el agua era una costumbre adquirida en Turquía, donde el Profeta exigía a los fieles que se purificaran al menos para las oraciones del viernes a mediodía, en particular después de cometer la profanación del sexo.
-Carafa había instaurado en 1542 el Santo Oficio de la Inquisición Romana, y con ello había iniciado las purgas que desde entonces mantenían llenas las prisiones.
-Sólo en España e Italia estaba la gente a salvo de ser masacrada por sus propios compatriotas, porque en ambos países, el Santo Oficio había estrangulado a la víbora luterana nada más nacer.
-Ondeaba la negra enseña de guerra del Profeta, la sanjak i-sherif, con la shahada inscrita: «No hay más dios que Alá y Mahoma es su mensajero.»
-La sura de la victoria. Llaman a los fieles a la matanza, la venganza y la muerte. Ahí tienes su diferencia con nosotros porque ¿cuándo llamó Jesús a semejantes horrores? Evidentemente, Jesús sabía que no necesitaba hacerlo.
-Nunca debemos perder la fe en Alá, aunque perdamos la fe en nuestros congéneres. Aunque perdamos la fe en nosotros mismos.
-Aunque la Biblia, san Pablo, santo Tomás de Aquino y otras numerosas autoridades condenaban tanto la fornicación como la sodomía, una lectura atenta revelaba que en ninguna parte figuraba como pecado, ya fuera venial o mortal, el sexo con jovencitos. Esa omisión explicaba la ubicuidad de los bardassi, muchachitos con aire de querubines, en todos los burdeles de la ciudad.
-El gran maestre de la Orden era Jean La Valette y el papa Pío IV era Giovanni de Médicis.




Título Original: The religion Traductor: Claudia Conde  Editado por Planeta en 2008    ISBN: 9788408075080










sábado, 8 de octubre de 2016

LA INCREIBLE HISTORIA DEL REINADO DE ESPAÑA EN PORTUGAL (I)

El Imperio español vivió su cénit en 1580 con la anexión de Portugal, que entonces se encontraba entre las mayores potencias de Europa. La propaganda de Felipe II desempolvó la idea de que Portugal siempre había formado parte del Reino de León –cuando se separó lo hizo de forma ilegal, consideraban– y extendió el uso del león vinculado a una Monarquía Hispánica que volvía a unir a aquellos reinos hermanos.
La vieja idea de un único y cristiano reino ibérico era, de hecho, un lugar común en la Edad Media. A finales de la Baja Edad Media, la dinastía Trastámara se propuso en varias ocasiones vincular la Corona de Castilla con la de Portugal, si bien una de sus intentonas pasó a la historia como la peor de las derrotas castellanas frente a Portugal. En 1384, Juan I de Castilla entró en Portugal por la ruta de Ciudad Rodrigo a reclamar los derechos dinásticos de su esposa, y de paso los suyos, a cuenta de la muerte de Fernando I de Portugal, el último representante de la Casa Borgoña.
Las derrotas que sufrió el ejército de Juan en Trancoso y Aljubarrota, en mayo y en agosto de 1385, supusieron el fin de sus posibilidades de imponerse como Rey. A partir de entonces, los Avis iniciarán en el país vecino uno de los periodos de mayor esplendor. Hasta su final no regresaron las ambiciones españolas.
A principios de la Edad Moderna, los Trastámara y los Avis firmaron una serie de matrimonios que pretendían desembocar en la unión de reinos tras los tiempos turbulentos de Enrique el Impotente.  Isabel, hija mayor de los Reyes Católicos, se casó sucesivamente con dos príncipes portugueses, Alfonso y Manuel I, y pareció por un momento que reinaría en toda la península. Cuando el único hijo varón de los Reyes Católicos falleció sin herederos, las esperanzas de unir, al fin, los reinos hispánicos se centraron en que Isabel diera a luz un heredero sano. Sin embargo, las complicaciones del parto causaron una hemorragia a Isabel, que falleció con solo 28 años, y su hijo Miguel tampoco vivió mucho tiempo. Murió de unas fiebres repentinas antes de cumplir dos años, cuando se hallaba bajo la custodia de sus abuelos en Granada. Esta enterrado junto a los Reyes Catolicos en Granada.
Cuando en 1578 el Rey de Portugal Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, en la llamada Batalla de los Tres Reyes en las llanuras del rio Mehazen próximo a Alcazarquivir. Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa, que fue asumida brevemente por el Cardenal-infante don Enrique hasta su muerte.
«El reino de Portugal lo heredé, lo compré y lo conquisté», aseguraría Felipe II. El Rey Prudente contaba con el apoyo de buena parte de la nobleza portuguesa y el beneplácito de las potencias europeas (más bien resignación), pero el levantamiento popular promovido por Antonio, el Prior de Crato, hijo bastardo del infante Luis de Portugal, obligó al Imperio español a iniciar las operaciones militares. El país vecino rindió pleitesía a Felipe II en abril de 1581, siendo coronado Felipe I de Portugal.
















LA INCREIBLE HISTORIA DEL REINADO DE ESPAÑA EN PORTUGAL (II)

El imperio donde no se ponía el sol suponía, en la práctica, un conjunto de territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, que se hallaban gobernados por los monarcas españoles de la Casa de Austria o por sus representantes. El Rey hacía cumplir su voluntad en Lisboa a través de un gobernador o un virrey, que solían rodearse convenientemente de funcionarios locales. Los oficios públicos se reservaban para los súbditos portugueses tanto en la metrópoli como en su territorios ultramarinos.
Entre 1580 y 1640, los portugueses se cuidaron de ser ellos quienes gestionaban su imperio comercial bajo la supervisión general de Madrid, que abrió todo el mercado americano a los insaciables comerciante portugueses. No fueron los castellanos los que penetraron en las posesiones portuguesas, como tanto temieron aquellos que siguieron al Prior Antonio en sus revueltas, sino todo lo contrario. A principios del siglo XVII se sucedieron las quejas contra los omnipresentes comerciantes portugueses por parte de colonos castellanos, mexicanos, peruanos: «Los portugueses cada vez son más en las Indias españolas y llegan en todas las flotas, mientras que tienen buen cuidado en mantener a los castellanos alejados de las Indias Orientales».
A pesar de las quejas castellanas, la relación entre Madrid y Lisboa se mantuvo estable sin revueltas ni apenas incidentes durante el reinado de Felipe II (I de Portugal) y Felipe III (II de Portugal), pero el progresivo debilitamiento del Imperio español empezó a sembrar la discordia entre la nobleza portuguesa, harta de tener que disputarse cada vez más cargos con otros súbditos de la Monarquía.
Las agresiones holandesas a los territorios de Portugal durante la Tregua de los 12 años hicieron ver a la aristocracia lusa que el Rey de España no podía satisfacer a todas las partes. Además, se responsabilizó a los castellanos de la pérdida de Ambon (archipiélago de las Molucas )(1605), Ormuz (isla del golfo Persico)(1622) y São Jorge da Mina (Castillo en Ghana) (1637), el cierre de los puertos de Japón en 1637, y de las incursiones holandesas en Sudamérica. Aunque quisiera, Portugal no podía negociar una paz con sus enemigos si éstos también lo eran de los Austrias.


LA INCREIBLE HISTORIA DEL REINADO DE ESPAÑA EN PORTUGAL (III)

Durante los doce años de tregua, los barcos holandeses comerciaron el doble de pimienta asiática que los portugueses y, al reanudar el conflicto, los principales ataques fueron dirigidos hacia las mal defendidas colonias portuguesas. En 1624, una flota holandesa dirigida por Jacobo Willekens asaltó Salvador de Bahía, capital portuguesa en Brasil, y se preparó para quedarse en propiedad esta estratégica ciudad. No fue recuperada hasta que la mayor flota que jamás hubiera cruzado el Atlántico,42 navios y 450 cañones, bajo el mando de Don Fadrique de Toledo, IV Marques de Villafranca del Bierzo, atacó en abril del año siguiente Bahía.
Los problemas de Castilla y del asediado Imperio español cada vez afectaba más a los reinos periféricos. O al menos esa era la visión lusa, cuyo imperio colonial en verdad llevaba un siglo afectado por una enfermedad degenerativa: habían descuidado totalmente sus defensas y su economía estaba en crisis.
El estallido de violencia era ya inevitable, sirviendo el Conde Duque de Olivares la excusa con su Unión de Armas, es decir, con un proyecto que buscaba aumentar la implicación militar del resto de reinos en los asuntos y guerras de los Austrias. Y es que, como explica John Lynch en su libro «Los Austrias» (Biblioteca Historia de España): «Portugal era un problema fiscal para Castilla. No aportaba ingresos regulares a la hacienda central y sus defensas en la península tenían que ser costeadas por Castilla, de la que esperada, además, que acudiera periódicamente a la defensa de Brasil». Es por ello que Olivares insistió en que Portugal integrase la Unión de Armas, a cambio de que los portugueses ocuparan un papel más protagonista en la Monarquía.
Pero en paralelo a esta oferta, Olivares desarrolló una estrategia de infiltración de sus hombres en el gobierno portugués. Designó para este propósito a Margarita de Saboya 1589-1655), prima de Felipe IV, como virreina y a un grupo de castellanos como sus consejeros. En 1634 y 1637, se produjeron dos revueltas populares, especialmente en la región del Alentejo, como respuesta al desembarco de funcionarios castellanos y al aumento de la carga fiscal; pero fue en la crisis de 1640 cuando la aristocracia portuguesa se levantó aprovechando la guerra de España con Francia y la sublevación de Cataluña. En suma, prendió la mayor crisis del Imperio español en su historia cuando Cataluña, Portugal, Nápoles y Sicilia emprendieron, con suerte desigual, sendas rebeliones contra Felipe IV.
El levantamiento portugués fue planeado en Lisboa por miembros de la nobleza, el clero y militares para destronar a los Austrias y proclamar un Rey portugués. El detonante final fue la exigencia del Conde Duque de Olivares de que 6.000 soldados portugueses y la mayor parte de la nobleza en edad de combatir se sumaran a la guerra en Cataluña. Como respuesta, un grupo de conspiradores irrumpió en el Paço da Ribeira (Lisboa) el 1 de diciembre de 1640, sorprendiendo al secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos ( pariente del Conde Duque que fue nombrado secretario de Estado de Portugal en 1653), quien fue asesinado y defenestrado por la fachada del Palacio Real.
A raíz de estos graves acontecimientos, Margarita de Saboya intentó calmar los ánimos, pero pronto se vio aislada, sin apoyo local y finalmente encerrada por los rebeldes. La comunidad de jesuitas y el pueblo llano se decantó en bloque por los nobles rebeldes e hicieron triunfar el levantamiento.
En su lugar aclamaron al Duque de Braganza como Rey, con el título de Juan IV de Portugal, alegando viejos derechos dinásticos anteriores a la llegada de Felipe II de España. El nuevo monarca autorizó a Margarita de Saboya a que partiera para España en los primeros días de diciembre de 1641. Y es que eran aquellos los albores de una guerra que iba a alargarse durante 28 años.
Frente a la rebelión general, Felipe IV y el Conde-Duque empezaron a preparar la reconquista. Para ello encomendaron al duque de Medina-Sidonia la capitanía general de un ejército que debía atacar a los rebeldes y derrocar a Juan de Braganza. No obstante, la lentitud y falta de iniciativa del noble andaluz dejaron entrever sus planes ocultos: la nueva Reina de Portugal, Luisa de Guzmán, era hermana del duque de Medina-Sidonia y, de hecho, era ella quien había convencido a su marido Juan II de Braganza para que aceptara la Corona diciendo, según la tradición: «Más vale ser Reina por un día que duquesa toda la vida!». Sin capacidad de iniciar operaciones de la magnitud de antaño, el Imperio español se resignó durante años a una guerra de frontera especialmente dada a episodios de violencia y odios acumulados.