lunes, 15 de febrero de 2021
miércoles, 10 de febrero de 2021
miércoles, 3 de febrero de 2021
LA LEY DEL MENOR de Ian McEWAN
Titulo original "The Children Act" de 2014.
Publicado por Anagrama en 2015, Traducción de Jaime Zulaika
domingo, 17 de enero de 2021
SIDI de Arturo Pérez Reverte
La novela SIDI de Arturo Pérez Reverte (1951) es una recreación de lo que podrían haber sido las andanzas del Cid Campeador después de ser desterrado. Como es habitual en el autor, la narración es entretenida y tiene un olor a realidad muy agradable.
Publicado por Alfaguara en 2019.
miércoles, 13 de enero de 2021
URRACA I de CASTILLA y LEON
Son muchas las reinas consortes con cierto poder en la historia de la Edad Media y, sin embargo, muy pocas las que ejercieron con plenitud la autoridad real. Doña Urraca de León, hija de Alfonso VI y su segunda esposa, Constanza de Borgoña, fue un rara avis de su tiempo, y de todos los tiempos, por ascender al trono y porque resultó una monarca de gran talento y carácter, cuyos enemigos trataron de derribarla, una y otra vez, por su condición de mujer. No sin razón la historia la recuerda hoy como «La Temeraria».
e estima que Urraca nació alrededor de 1081 con dos
disgustos. El primero para sus padres porque era una niña y no un heredero
varón. El segundo porque se tuvo noticia de que Constanza no podría tener más
hijos.
Alfonso VI conocido
como «El Bravo» es recordado hoy a nivel político por ser
quien recuperó Toledo, antigua capital visigoda, para los cristianos y por su
pretensión de un reino cristiano unificado. Fue rey de León por
herencia de su padre,y también lo terminó siendo de Galicia entre 1071 y 1072 y
de Castilla entre 1072 y 1109. No obstante, su figura está más vinculada a un
hecho amoroso que a uno militar o político. Para el lujurioso monarca la
aparición de una hermosa princesa musulmana con ojos de estrella haría temblar
su mundo, la nombrada como Zaida, con la que tuvo un hijo que
Alfonso legitimó en contra de los que le acusaban de connivencia con una
musulmana.
El fruto de este matrimonio, el pequeño Sancho,
llegaría a participar en los actos propios del gobierno real y sería presentado
como hijo de pleno derecho de Alfonso, lo que despojó de su papel
institucional a Urraca, que había recibido una educación avanzada que
incluía la equitación y la caza de cara a lo que estuviera por venir.
Con vistas a un futuro lejos de la corte, Alfonso
comprometió a su hija, a los seis años, en matrimonio con Raimundo, hermano
del Duque de Borgoña (por tanto sobrino de la Reina
Constanza), con motivo de la llegada de nobles francés para combatir la
creciente amenaza almorávide, cuyas huestes habían cruzado el estrecho en
auxilio de los declinantes reinos taifas. La enorme diferencia de edad no fue,
como nunca lo fue en la Edad Media, un obstáculo para que se celebrara
el matrimonio a los 12 años, edad en la que se consideraba que por motivos
fisiológicos las niñas podían empezar a procrear.
En 1093, tuvieron lugar varios acontecimientos que cambiaron la vida de Urraca y de la historia de estos reinos. A su primera boda con Raimundo, se sumó la muerte de su madre y el nacimiento del mencionado Sancho. Pasó así de ser la heredera leonesa a ser condesa consorte de Galicia y madre de dos hijos con Raimundo, Sancha y Alfonso.
En el verano de 1107, sin embargo, la vida de Urraca volvió a dar un vuelco. Su marido falleció de una grave y súbita enfermedad, haciendo que asumiera en solitario el gobierno de Galicia. Un año después, la muerte del joven Sancho en la batalla de Uclés (1108) contra los almorávides colocó todas las piezas en el punto de partida. La hija de Alfonso heredaría el trono y dejaría sin consecuencias aquel matrimonio prohibido que había querido achicar de los libros de Historia a Constanza y a su hija. Sin guardar rencor a su padre, Urraca ordenó que sus honras fúnebres duraran ocho días de luto.
Que fuera la reina no significaba que tuviera las
riendas de su destino, como le dejó claro la aristocracia leonesa al concertar
su matrimonio con Alfonso de Aragón, «El Batallador», en
contra de su voluntad. Como en el caso de los Reyes Católicos, el
enlace garantizaba la independencia de las instituciones de cada uno de los
reinos, pero se establecía que, si nacía un heredero, el cónyuge superviviente
y luego el hijo de ambos heredaría el conjunto de la tarta. Además, los
acuerdos matrimoniales estipularon que la Reina, a pesar de ser monarca de
plenitud de León, debía tratar a Alfonso como «señor y esposo mío», es decir,
como si hubiera vasallos y señores también en el seno familiar.
Como no podía ser de otra manera, tan fría fórmula
legal se tradujo en un matrimonio infame, donde ninguno de los dos
se tragaba. Algunas crónicas apuntan incluso a malos tratos hacia ella y de un
odio homicida hacia el pequeño Alfonso Raimúndez, heredero del
anterior matrimonio de Urraca, al que el aragonés veía como un último obstáculo
para hacerse con todo el reino.
La ruptura del matrimonio, que algunos cronistas como
Rodrigo Jiménez de Rada calificaron de repudio del Rey a la Reina, parece ser
que vino precisamente por iniciativa de Urraca, que temía por la vida de su
hijo y por la independencia de su reino. Un documento de donación al
Monasterio de Sila, fechado el día 13 de junio de 1110, da fe de la ruptura
entre Alfonso y Urraca, quien ya se presenta como Reina de toda España e hija de
Alfonso VI. Una auténtica declaración unilateral de independencia respecto a su
marido, que respondió lanzando una campaña de castigo contra las plazas castellanas
y encerrando a Urraca en la fortaleza turolense de El Castellar.
Cuando parecía que el Rey de Aragón iba a imponerse sobre
Urraca y su hijo, la traición sorpresa de Enrique de Borgoña, Rey de Portugal y
cuñado de Urraca, a Alfonso «El Batallador» obligó a este a pactar una
reconciliación formal con su esposa. Con el argumento de la consanguinidad
entre ambos, Urraca pudo romper definitivamente sus ataduras matrimoniales y
desatar su carácter indomable en la última etapa de su vida, donde gobernó un
lustro sin que el período fuera, ni mucho menos, lo que algunos cronistas han
dibujado como una etapa de transición entre reinados. El autor del «Cronicón
Compostelano» contradice estas acusaciones al sostener que reinó
Urraca «tiránica y mujerilmente», lo que significa que lo hizo de forma completamente
independiente.
Los intentos aragoneses de anexionarse León, la
presión musulmana en las fronteras y las intrigas portuguesas fueron algunos de
los desafíos que debió hacer frente Doña Urraca. Se rodeó en esta tarea de
varios consejeros de gran fidelidad, entre ellos el Conde Gómez, que murió en
una batalla librada en Candespina contra Alfonso el Batallador, y más
tarde el Conde Pedro González de Lara, con el cual mantuvo una
relación sentimental que duró hasta la muerte de la Reina y de la que nacieron,
por lo menos, dos hijos: Fernando y Elvira.
Doña Urraca murió, de parto, el día 8 de marzo de
1126, en Saldaña, uno de los paisajes de su infancia.
Antes de la llegada de los fanáticos Almohades a la
Península ibérica –cuyo expansión fue frenada en la celebérrima batalla
de Navas de Tolosa (1212)–, los territorios
cristianos habían padecido otra oleada de extremistas del Islam un siglo antes,
los almorávides.
Viéndose cada vez más acorralados por los reinos
cristianos, que en 1085 tomaron Toledo, los musulmanes andalusíes
decidieron pedir auxilio a los curtidos guerreros almorávides.Estos eran unos
monjes-soldado procedentes de grupos nómadas del Sáhara, que
abrazaron una interpretación rigorista del Islam
Aquella decisión fue la perdición de los andalusíes
moderados, y supuso para los cristianos un nuevo derrumbe de sus fronteras.
Alfonso VI de León fue derrotado en la batalla
de Sagrajas, cerca de Badajoz, el 23 de octubre de 1086, a manos de ese
grupo de fanáticos que vestían con piel de oveja y se alimentaba con dátiles y
leche de cabra como los legendarios fundadores del Islam. Después de esta
batalla, los almorávides se alzaron como dueños y señores del sur de la
Península, obligando de nuevo a los cristianos a asumir una posición defensiva.
En 1094, la conquista de
Valencia por el Cid Campeador dio un respiro a
los territorios próximos a lo que hoy es Aragón, pero la muerte de éste provocó
que en 1102 numerosas plazas pasaran de golpe al dominio islámico. La amenaza
se cernía de nuevo sobre toda la franja mediterránea.
El reino taifa de Zaragoza se subordinó a los líderes
almorávides cuando vio comprometidas sus tierras por el rey aragonés Alfonso
«El Batallador», en un pacto con el diablo. En 1110, los almorávides
entraron en Zaragoza en medio de los vítores de buena parte de la población
La leyenda del aragonés afirma que venció a los
musulmanes en más de 100 batallas, siendo la principal baza cristiana contra
los almorávides. Tras arrebatarles Zaragoza, Alfonso I tomó Tudela,
Tarazona y otras poblaciones de los valles del Ebro, Huesca y Jalón.
Publicado por César Cervera:27/03/2019 en ABC
sábado, 2 de enero de 2021
LA ESPAÑA INVERTEBRADA
Pedro García Cuartango Publicado en ABC el:31/12/2020
Filósofo,
periodista, escritor prolífico y politólogo, José Ortega y Gasset fue
probablemente el intelectual español más influyente en la primera mitad del
siglo XX. Se marchó al exilio en el comienzo de la Guerra Civil tras haber sido el
promotor de un manifiesto a favor de la República. Y volvió para morir en 1955
en una España que nada tenía que ver con la democracia liberal que siempre
había defendido. Justo en estos días se cumple el centenario de la aparición
de «España invertebrada», un libro que sigue siendo una
referencia para explicar los problemas de un presente que sólo se puede
comprender desde el conocimiento del pasado. Lo que Ortega sostiene es que la
nación española es un empeño fallido porque,
dicho con sus palabras, «los particularismos» han prevalecido en un proyecto
colectivo que no ha suscitado ilusión ni consenso.
En realidad, «España
invertebrada» fue concebida como una serie de artículos que aparecieron en
«El Sol», un periódico fundado en 1917 por el empresario Nicolás de
Urgoiti, al que se sumó el padre de Ortega con entusiasmo. La primera de las
entregas fue publicada el 16 de diciembre de 1920. A lo largo del año
siguiente, se completó la primera serie. Luego el autor de «La rebelión de las
masas» escribió una segunda parte en la que desarrolla algunos conceptos de la
anterior. La recopilación de todos los textos fue editada como libro en 1922.
España atravesaba una
profunda crisis política y social en el momento en el que Ortega empieza a
escribir la obra, poco después de la guerra que había asolado Europa de 1914 a
1918. El conservador Eduardo Dato, asesinado en marzo de 1921, presidía el
Gobierno cuando el filósofo publicó su primer artículo. Le habían
precedido Antonio Maura, Joaquín Sánchez de Toca y el
ingeniero vasco Manuel Allendesalazar al frente del Ejecutivo. En menos de dos
años, se sucedieron cuatro gabinetes en pleno desplome de un régimen que daba
sus últimas bocanadas.
Era una época de una
extraordinaria agitación social, especialmente en Cataluña donde había un
conflicto violento entre los anarquistas y los patronos. Estos recurrían a
pistoleros profesionales para vengarse de los salvajes atentados que sufrían.
Los movimientos obreros y el republicanismo cuestionaban la legitimidad del
régimen nacido con la Restauración y había un creciente descontento en el
Ejército que se había manifestado en la creación de las Juntas de Defensa. En
1921, se produjo el Desastre de Annual, lo que desembocó en
el golpe blando del general Primo de Rivera que puso fin a cualquier
apariencia de democracia en el otoño de 1923.
Es en este contexto de
inestabilidad política y tensiones sociales en el que aparece la obra de
Ortega. Esto es esencial para entender «España invertebrada», una reflexión
teñida de pesimismo e incluso de una visión muy negativa de la historia de
nuestro país. El autor era en ese momento catedrático de Metafísica de la
Universidad Central y ya era conocido por sus trabajos periodísticos.
En el primer artículo con
el que inicia la serie, Ortega desarrolla una comparación entre Roma y
Castilla para explicar su concepto de nación. Sostiene que Roma no fue el
resultado de un proceso de expansión territorial sino de la fusión de diversas
colectividades. En cambio, España se construye por agregación en torno a
Castilla, cuya «energía» irradia del centro a la periferia. Más adelante,
precisará que la nación española es la suma de los designios castellanos, con
vocación europea, y del afán aragonés, con mirada mediterránea.
En el segundo artículo,
Ortega define la nación como «un proyecto sugestivo de vida en común». Señalará
que no se convive «para estar juntos, sino para hacer algo juntos». Por tanto,
la nación no es una construcción por la fuerza sino por la libre adhesión de
sus miembros, basada en una comunidad de vínculos. En una frase que hoy
resultaría polémica, el auto afirma que «sólo cabezas castellanas tienen
órganos adecuados para percibir el gran problema de España». A su juicio, el
secesionismo está guiado por la codicia, la soberbia y la envidia. Ortega
propugnaba un Estado centralizado al modo jacobino.
Los particularismos,
según el filósofo, suponen la primacía de las partes sobre el todo, de los
intereses de una minoría sobre los generales. «La esencia del particularismo es
que cada grupo deja de sentirse como parte y, en consecuencia, deja de compartir los intereses de los demás»,
afirma.
En este contexto, Ortega
arremete contra Castilla, que se ha vuelto «suspicaz, angosta, sórdida y agria»
hasta el punto de provocar una desintegración del Estado, que, según su
análisis, se agudizó a partir de la muerte de Felipe II. « Castilla ha hecho España y la ha
deshecho», escribe. Pero también la Iglesia Católica y la Monarquía han sido responsables
de esta falta de vertebración nacional porque han suplantado ese proyecto común
por «sus destinos propios». La consecuencia de este proceso es que España se ha
convertido en una serie de «compartimentos estancos» en los que no existe
relación ni comunicación con el todo.
Uno de esos
compartimentos es el nacionalismo, cuya eclosión Ortega observa como un
signo de pérdida de credibilidad y debilidad del proyecto nacional.
«Catalanismo y Vasquismo no son síntomas alarmantes por lo que en ellos hay de
positivo. Lo importante es lo que hay de negativo: que quieren desintegrar
España, asegura. Una tesis casi premonitoria que no ha perdido actualidad.
También es especialmente
interesante el artículo que Ortega dedica al Ejército, al que primero califica
como una institución altruista y renovadora que actúa en función de nobles
ideales .Pero luego, en aparente contradicción, va más allá y acusa a la cúpula
militar de querer imponer su visión del Estado mediante el uso de la
fuerza. «El Ejército se ha creído responsable de la nación», enuncia.
Siguiendo su línea de
argumentación, Ortega cree que el particularismo desemboca en lo que
llama «la acción directa», que es imponer la voluntad propia a los demás
sin esfuerzo para persuadirlos. El filósofo reprocha a los republicanos y los
movimientos obreros su intento de apropiarse del poder en 1917 y luego critica
a Antonio Maura por defender los ideales conservadores y católicos
como algo obvio, que no se discute y que debe guiar la acción del Gobierno.
En la segunda serie de
los artículos que integran el libro, Ortega dedica una especial atención a
las masas, uno de los temas que reaparecen continuamente en su obra. Hace una
defensa cerrada de lo que denomina «minorías selectas», a las que confiere la
responsabilidad de gobernar la nación y vertebrar el Estado con un proyecto.
«Una nación es una masa organizada por una minoría de individuos selectos»,
escribe.
Ortega precisa que esas
minorías deben ser «ejemplares», que es la cualidad esencial de un dirigente.
Sentado este concepto, sostiene sin rodeo alguno que «las masas están para
obedecer a las élites». Esas minorías no sólo tienen derecho a mandar sino
también el deber de guiar a las masas, a las que confiere el papel de «ser
dóciles» a los gobernantes, que son los depositarios de los intereses nacionales.
Asegura que en España existe «una aristofobia» que lastra el progreso y la
modernidad.Javier Gomá, filósofo y director de la Fundación March, sitúa esta
visión orteguiana en el contexto de la teoría de enaltecimiento de las élites,
representada por Emerson, Nietzsche y Gabriel de Tarde. «Ortega es un
defensor de una sociedad aristocrática, dirigida por unas minorías rectoras.
Ante eso, el deber de la masa es obedecer. No olió la belleza, la verdad y la
justicia de la igualdad. Su filosofía es profundamente elitista y
antidemocrática», manifiesta Gomá.
«Ortega era un liberal
profundamente anacrónico, que sentía urticaria por el principio de un hombre,
un voto. Para él, el Gobierno debe estar en manos de los mejores», afirma el
director de la Fundación March. Javier Zamora, ex director académico de la Fundación Ortega y coordinador de
la edición de sus «Obras completas», no comparte la tesis de Gomá. Cree que el
discurso elitista del autor de «España invertebrada» debe ser enmarcado en su
distinción entre aristocracia de sangre y aristocracia de la virtud. «A los
gobernantes se les exige la virtud y la ejemplaridad», apunta Zamora.
Este experto orteguiano
recuerda que el libro provocó una dura polémica en 1934 entre su autor y el
socialista Luis Araquistáin, director de la revista Leviatán, que acusó al
intelectual madrileño de exaltar un elitismo de resonancias platónicas y autoritarias
en detrimento de los derechos de la clase obrera. Las tesis de Araquistáin
propiciaron un distanciamiento de Ortega del PSOE, que se agudizó
durante la Guerra Civil. La izquierda republicana
y socialista rechazaba las tesis del filósofo que afirmaba que «las épocas de
decadencia son aquellas en las que las minorías directivas han perdido sus
cualidades de excelencia». Azaña y otros dirigentes de la República veían en
Ortega rasgos de un pensamiento reaccionario.
«Ortega no va contra la
democracia liberal, que defiende. Lo que critica es la democracia cuando está
mediatizada por la religión o el fanatismo. Los hechos confirman el análisis
que hace del nacionalismo. A mi modo de ver, lo más discutible en esta obra de
Ortega es su visión negativa y amarga de la historia de España. Favorece el
prejuicio de que España es un país anómalo. Hay demasiado pesimismo en él»,
señala Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de filosofía de la
Universidad Rey Juan Carlos.
Como apunta este
profesor, en uno de los últimos capítulos de la obra, Ortega traza una visión
negativa y catastrofista de la historia de España, cuyos males arrancan desde
la época visigoda. Señala que los francos que dieron nombre a Francia eran un
pueblo con vínculos sociales y una conciencia solidaria, mientras que los
visigodos eran un colectivo decadente, egoísta y cínico. A su juicio, la crisis
de España como nación tiene sus orígenes en la Edad Media con el paréntesis
glorioso de la época que va desde los Reyes Católicos hasta casi el
final del reinado de Felipe II, periodo en el
que la nación se cohesiona en torno a la unidad del reino y la colonización de
América.
«La crisis de España
empieza en la época feudal. En nuestro país, no ha habido feudalismo como en
Germania», sostiene. Y asegura que la historia que se enseña en las escuelas es
«grotesca» porque los docentes son «unos ineptos» que no entienden nada sobre las
causas del declive nacional. Este proceso se acelera a partir de la pérdida
de las colonias de Cuba y Filipinas en 1898,
creando una creciente desafección a la monarquía alfonsina. «La historia de
España es la historia de una decadencia», asevera.
Siendo consecuente son
sus ideas, Ortega hace recaer la culpa de los males del país en la
irresponsabilidad y la ceguera de las élites. Tras sentenciar despectivamente
que somos «una nación de labriegos», sostiene que «en España lo han
hecho todo las masas y lo que se ha quedado sin hacer es porque no lo ha hecho
el pueblo». A su juicio, a diferencia de Francia o Alemania, en nuestro país
han fallado las élites, cegadas por su particularismo y su falta de grandeza
histórica.
Finalmente, el filósofo
establece tres niveles de responsabilidad en la decadencia de España. El más
bajo, es el fanatismo, la mentalidad rural y la mala calidad de las instituciones.
Luego, viene la tendencia al particularismo. Y, por último, el repudio a las
minorías selectas. «La rebelión sentimental de las masas, el odio a los
mejores, la escasez de éstos. He aquí la razón verdadera del gran fracaso
hispánico», concluye.
Un siglo después de la
publicación de «España invertebrada» algunas de las afirmaciones de Ortega
resultan más que discutibles e incluso anacrónicas, pero también es cierto que
muchos de los males que nos aquejan hoy fueron diagnosticados por él con
clarividencia. Estamos ante una obra que hay que leer y sobre la que hay que
reflexionar porque, como sucede con los clásicos, su pensamiento sigue
iluminando un presente lleno de incertidumbres y fracturas.
Como bien dice el periodista, esta obra hay que leerla.
miércoles, 30 de diciembre de 2020
ALCAZARQUIVIR de Alberto Vazquez Figueroa
jueves, 24 de diciembre de 2020
FOE de JM Coetzee
La Novela FOE escrita por el sudafricano Premio Nobel de literatura 2003, John Maxwell COETZEE (1940)
La editorial la clasifica como sigue: "Es una historia maestra, así lo han señalado muchos críticos y escritores. La narradora de esta espléndida novela es Susan Barton, una mujer que sobrevive a un naufragio y se encuentra en una isla desierta con Robinson Crusoe y su esclavo mudo, Viernes. Es ella quien le lleva la historia del amo y el sirviente al escritor inglés Daniel Defoe, cuya traición literaria ilustra no sólo la crueldad y el orgullo del artista, servidor de una verdad superior, sino la viva encarnación del dilema Viernes-Robinson. Foe es la novela más breve de Coetzee. La reescritura del clásico Robinson Crusoe de Daniel Defoe da voz a una nueva versión de la historia. La evolución del personaje central, la narración epistolar, la maestría con que se logra reflejar la frustración de los personajes y el suspense que se construye a lo largo de estas páginas hacen de Foe un texto ambicioso y muy entretenido".
La novela es tal cual, pero la obra maestra no la veo por ningún lugar. Acaba siendo muy pesada, muchos momentos en que no sucede nada o lo mismo que antes, pesada. No recomendable.
Destacar: Olvidar no es algo vergonzoso; el olvido forma parte de nuestra naturaleza como la vejez y la muerte. Pero vista desde una distancia demasiado remota toda vida acaba perdiendo sus rasgos distintivos
Titulo Original " Foe " , publicada en 1986.
Publicada por Random House en 2013, traducción: Alejandro García Reyes
martes, 8 de diciembre de 2020
EN BRAZOS DE UNA MUJER MADURA por Stephen Vizinczey
lunes, 7 de diciembre de 2020
Poésia de San Agustín
LA MUERTE NO ES NADA, poésia de San Agustín que Montse Ferrer incluia en se Facebook y por lo magnifica que me parecio la transcribo
domingo, 22 de noviembre de 2020
BABUCHAS NEGRAS por Mustapha Busfeha García
domingo, 8 de noviembre de 2020
LA SOMBRA DE LA GUILLOTINA de Hilary Mantel
Titulo original "A Place of greater safety" publicada en 1992.
Publicada por Ediciones B en 1994, traducción por Camila Batlles Vinn .











