miércoles, 13 de enero de 2021

URRACA I de CASTILLA y LEON

 


Son muchas las reinas consortes con cierto poder en la historia de la Edad Media y, sin embargo, muy pocas las que ejercieron con plenitud la autoridad real. Doña Urraca de León, hija de Alfonso VI y su segunda esposa, Constanza de Borgoña, fue un rara avis de su tiempo, y de todos los tiempos, por ascender al trono y porque resultó una monarca de gran talento y carácter, cuyos enemigos trataron de derribarla, una y otra vez, por su condición de mujer. No sin razón la historia la recuerda hoy como «La Temeraria».

e estima que Urraca nació alrededor de 1081 con dos disgustos. El primero para sus padres porque era una niña y no un heredero varón. El segundo porque se tuvo noticia de que Constanza no podría tener más hijos.

Alfonso VI  conocido como «El Bravo» es recordado hoy a nivel político por ser quien recuperó Toledo, antigua capital visigoda, para los cristianos y por su pretensión de un reino cristiano unificado. Fue rey de León por herencia de su padre,y también lo terminó siendo de Galicia entre 1071 y 1072 y de Castilla entre 1072 y 1109. No obstante, su figura está más vinculada a un hecho amoroso que a uno militar o político. Para el lujurioso monarca la aparición de una hermosa princesa musulmana con ojos de estrella haría temblar su mundo, la nombrada como Zaida, con la que tuvo un hijo que Alfonso legitimó en contra de los que le acusaban de connivencia con una musulmana.

El fruto de este matrimonio, el pequeño Sancho, llegaría a participar en los actos propios del gobierno real y sería presentado como hijo de pleno derecho de Alfonso, lo que despojó de su papel institucional a Urraca, que había recibido una educación avanzada que incluía la equitación y la caza de cara a lo que estuviera por venir.

Con vistas a un futuro lejos de la corte, Alfonso comprometió a su hija, a los seis años, en matrimonio con Raimundo, hermano del Duque de Borgoña (por tanto sobrino de la Reina Constanza), con motivo de la llegada de nobles francés para combatir la creciente amenaza almorávide, cuyas huestes habían cruzado el estrecho en auxilio de los declinantes reinos taifas. La enorme diferencia de edad no fue, como nunca lo fue en la Edad Media, un obstáculo para que se celebrara el matrimonio a los 12 años, edad en la que se consideraba que por motivos fisiológicos las niñas podían empezar a procrear.

En 1093, tuvieron lugar varios acontecimientos que cambiaron la vida de Urraca y de la historia de estos reinos. A su primera boda con Raimundo, se sumó la muerte de su madre y el nacimiento del mencionado Sancho. Pasó así de ser la heredera leonesa a ser condesa consorte de Galicia y madre de dos hijos con Raimundo, Sancha y Alfonso.

En el verano de 1107, sin embargo, la vida de Urraca volvió a dar un vuelco. Su marido falleció de una grave y súbita enfermedad, haciendo que asumiera en solitario el gobierno de Galicia. Un año después, la muerte del joven Sancho en la batalla de Uclés (1108) contra los almorávides colocó todas las piezas en el punto de partida. La hija de Alfonso heredaría el trono y dejaría sin consecuencias aquel matrimonio prohibido que había querido achicar de los libros de Historia a Constanza y a su hija. Sin guardar rencor a su padre, Urraca ordenó que sus honras fúnebres duraran ocho días de luto.

Que fuera la reina no significaba que tuviera las riendas de su destino, como le dejó claro la aristocracia leonesa al concertar su matrimonio con Alfonso de Aragón, «El Batallador», en contra de su voluntad. Como en el caso de los Reyes Católicos, el enlace garantizaba la independencia de las instituciones de cada uno de los reinos, pero se establecía que, si nacía un heredero, el cónyuge superviviente y luego el hijo de ambos heredaría el conjunto de la tarta. Además, los acuerdos matrimoniales estipularon que la Reina, a pesar de ser monarca de plenitud de León, debía tratar a Alfonso como «señor y esposo mío», es decir, como si hubiera vasallos y señores también en el seno familiar.

Como no podía ser de otra manera, tan fría fórmula legal se tradujo en un matrimonio infame, donde ninguno de los dos se tragaba. Algunas crónicas apuntan incluso a malos tratos hacia ella y de un odio homicida hacia el pequeño Alfonso Raimúndez, heredero del anterior matrimonio de Urraca, al que el aragonés veía como un último obstáculo para hacerse con todo el reino.

La ruptura del matrimonio, que algunos cronistas como Rodrigo Jiménez de Rada calificaron de repudio del Rey a la Reina, parece ser que vino precisamente por iniciativa de Urraca, que temía por la vida de su hijo y por la independencia de su reino. Un documento de donación al Monasterio de Sila, fechado el día 13 de junio de 1110, da fe de la ruptura entre Alfonso y Urraca, quien ya se presenta como Reina de toda España e hija de Alfonso VI. Una auténtica declaración unilateral de independencia respecto a su marido, que respondió lanzando una campaña de castigo contra las plazas castellanas y encerrando a Urraca en la fortaleza turolense de El Castellar.

Cuando parecía que el Rey de Aragón iba a imponerse sobre Urraca y su hijo, la traición sorpresa de Enrique de Borgoña, Rey de Portugal y cuñado de Urraca, a Alfonso «El Batallador» obligó a este a pactar una reconciliación formal con su esposa. Con el argumento de la consanguinidad entre ambos, Urraca pudo romper definitivamente sus ataduras matrimoniales y desatar su carácter indomable en la última etapa de su vida, donde gobernó un lustro sin que el período fuera, ni mucho menos, lo que algunos cronistas han dibujado como una etapa de transición entre reinados. El autor del «Cronicón Compostelano» contradice estas acusaciones al sostener que reinó Urraca «tiránica y mujerilmente», lo que significa que lo hizo de forma completamente independiente.

Los intentos aragoneses de anexionarse León, la presión musulmana en las fronteras y las intrigas portuguesas fueron algunos de los desafíos que debió hacer frente Doña Urraca. Se rodeó en esta tarea de varios consejeros de gran fidelidad, entre ellos el Conde Gómez, que murió en una batalla librada en Candespina contra Alfonso el Batallador, y más tarde el Conde Pedro González de Lara, con el cual mantuvo una relación sentimental que duró hasta la muerte de la Reina y de la que nacieron, por lo menos, dos hijos: Fernando y Elvira.

Doña Urraca murió, de parto, el día 8 de marzo de 1126, en Saldaña, uno de los paisajes de su infancia.

Antes de la llegada de los fanáticos Almohades a la Península ibérica –cuyo expansión fue frenada en la celebérrima batalla de Navas de Tolosa (1212)–, los territorios cristianos habían padecido otra oleada de extremistas del Islam un siglo antes, los almorávides.

Viéndose cada vez más acorralados por los reinos cristianos, que en 1085 tomaron Toledo, los musulmanes andalusíes decidieron pedir auxilio a los curtidos guerreros almorávides.Estos eran unos monjes-soldado procedentes de grupos nómadas del Sáhara, que abrazaron una interpretación rigorista del Islam

Aquella decisión fue la perdición de los andalusíes moderados, y supuso para los cristianos un nuevo derrumbe de sus fronteras.

Alfonso VI de León fue derrotado en la batalla de Sagrajas, cerca de Badajoz, el 23 de octubre de 1086, a manos de ese grupo de fanáticos que vestían con piel de oveja y se alimentaba con dátiles y leche de cabra como los legendarios fundadores del Islam. Después de esta batalla, los almorávides se alzaron como dueños y señores del sur de la Península, obligando de nuevo a los cristianos a asumir una posición defensiva. En 1094, la conquista de Valencia por el Cid Campeador dio un respiro a los territorios próximos a lo que hoy es Aragón, pero la muerte de éste provocó que en 1102 numerosas plazas pasaran de golpe al dominio islámico. La amenaza se cernía de nuevo sobre toda la franja mediterránea.

El reino taifa de Zaragoza se subordinó a los líderes almorávides cuando vio comprometidas sus tierras por el rey aragonés Alfonso «El Batallador», en un pacto con el diablo. En 1110, los almorávides entraron en Zaragoza en medio de los vítores de buena parte de la población

La leyenda del aragonés afirma que venció a los musulmanes en más de 100 batallas, siendo la principal baza cristiana contra los almorávides. Tras arrebatarles Zaragoza, Alfonso I tomó Tudela, Tarazona y otras poblaciones de los valles del Ebro, Huesca y Jalón.

 


Publicado por César Cervera:27/03/2019 en ABC


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